Lo que el mundo ha visto de la tragedia Rohingya, parece ser solo la punta de un enorme iceberg que cada día muestra nuevas aristas. Un informe publicado recientemente por Amnistía Internacional (AI) revela que el ejército birmano busca matar de hambre a los musulmanes en Myanmar, que constituyen la minoría más perseguida del mundo.

Lo que el mundo ha visto de la tragedia Rohingya, parece ser solo la punta de un enorme iceberg que cada día muestra nuevas aristas. Un informe publicado recientemente por Amnistía Internacional (AI) revela que el ejército birmano busca matar de hambre a los musulmanes en Myanmar, que constituyen la minoría más perseguida del mundo.

“Una población de por sí vulnerable no tiene acceso a alimentos. Y eso ha llevado a decenas de miles de personas a cruzar la frontera hacia Bangladés”. Son palabras de Matthew Wells, asesor general de Amnistía Internacional sobre respuesta a las crisis. Wells explicó que el objetivo es “expulsar silenciosamente del país al mayor número posible de rohingyas”. El responsable de AI detalló que Myanmar busca hacer inhabitable el norte del estado de Rajine, donde siguen viviendo decenas de miles de personas.

De acuerdo con los últimos datos del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF), más de la mitad de los niños rohingyas que han huido de Birmania hacia Bangladés, sufren desnutrición aguda, anemia y otras enfermedades.

Es una estrategia entre muchas otras, como asesinatos generalizados, la violencia sexual y la quema de aldeas, para reprimir a los rohingyas, agregó Wells.

Para Jadiya Jatun, que vive en un campo de refugiados en Bangladés, aunque no hay suficiente comida en el campo, la situación actual de su familia se ha mejorado mucho en comparación con lo que vivieron en Myanmar.

Aunque Myanmar y Bangladés acordaron el pasado noviembre sobre la repatriación de los refugiados Rohingya, Jadiya y la mayoría de sus correligionarios que viven en Bangladés temen volver a su patria.

Desde agosto de 2017, cuando comenzó la nueva ola de la violencia contra la minoría musulmana en Rajine, alrededor de 700.000 personas se han refugiado en Bangladés. Hasta ahora, se han registrado varios casos de ejecuciones sumarias de los rohingyas. En el más reciente, los soldados birmanos, con el apoyo de varios residentes budistas, ejecutaron a sangre fría a diez rohingyas en una aldea de Rajine.

Es demasiada larga la lista de los crímenes perpetrados por el gobierno que está dirigiendo la premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi. Las violaciones de mujeres rohingya por parte de las tropas birmanas han sido también generalizadas y metódicas.

La representante especial del secretario general de Naciones Unidas sobre Violencia Sexual en Conflictos, Pramila Patten, tras finalizar una visita de tres días a los campamentos de los rohingyas admitió “un patrón de atrocidades generalizadas, incluyendo violencia sexual contra las mujeres y niñas rohingyas, que han sido sistemáticamente atacadas en base a su etnia y religión”. Patten reveló casos de “violación en grupo por parte de múltiples soldados, desnudez pública forzada y humillación y esclavitud sexual en cautiverio militar”.

La ONU y organizaciones de derechos humanos insisten en que si Myanmar, de mayoría budista, quiere resolver una vez por siempre la crisis de los Rohingya, debe concederles la nacionalidad. El gobierno de Ang San Suu Kyi niega este derecho a los musulmanes, aunque llevan viviendo en Myanmar desde hace cientos de años.

Myanmar ya se había convertido en un infierno para los rohingyas mucho antes de los acontecimientos que fueron considerados como “limpieza étnica” por la ONU. Todo comenzó en 1962, cuando los militares llegaron al poder a través de un golpe de Estado. Los uniformados obligaron a los birmanos a recibir tarjetas de identidad, pero no permitieron a los rohingyas obtenerlas ya que consideraban a ellos como inmigrantes ilegales, algo que no ha cambiado después de décadas.

La falta de nacionalidad ha privado a esta comunidad perseguida de sus derechos básicos: No tienen acceso al mercado laboral, ni a la sanidad y a la educación. Sufren restricciones a la hora de contraer matrimonio e incluso se les impide, desde 2008, tener más de dos hijos.

¿Por qué calla el mundo?

Rusia y China, dos potencias mundiales que tienen derecho de veto en el Consejo de Seguridad de la ONU, apoyan a Myanmar y evitan una auténtica reacción a las violaciones de los derechos humanos en el país asiático. El Consejo de Seguridad se ha limitado a manifestar su preocupación por la situación de los rohingyas.

A la inacción de la comunidad internacional se suma la incitación a violencia de los monjes budistas. La figura clave es Ashin Wirathu, y la mayoría de los monjes apoyan su propaganda islamófoba.

Con tanto odio hacia una comunidad cuya única culpa es su religión o raza, y con el silencio dl resto del mundo, vivir en paz para los rohingyas no parecería nada más que un espejismo.

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