Arabia Saudí fue el pasado mayo el primer país que visitó Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Trump, que habla contrariamente a los principios del lenguaje diplomático utilizado por sus antecesores, reveló durante la campaña electoral de 2016 la verdad detrás de las relaciones entre Estados Unidos y los países árabes ribereños del Golfo Pérsico

Arabia Saudí fue el pasado mayo el primer país que visitó Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Trump, que habla contrariamente a los principios del lenguaje diplomático utilizado por sus antecesores, reveló durante la campaña electoral de 2016 la verdad detrás de las relaciones entre Estados Unidos y los países árabes ribereños del Golfo Pérsico. Trump consideró a Arabia Saudí como una vaca lechera ordeñada por Estados Unidos y agregó que esta vaca debe ser sacrificada una vez agotado su leche. Esos insultos no solo no inquietaron a la monarquía, sino que nada más llegar al poder, Trump viajó a Riad y firmó con el reino saudí un acuerdo de armas por valor de casi 110 mil millones de dólares.

En el encuentro de este martes entre el príncipe heredero saudí, Mohamed Bin Salman, y Trump, en la Casa Blanca, el mandatario volvió a recordar los provechos económicos que Washington podría sacar de los lazos con Riad al llamar a Arabia Saudí como un “gran comprador”. Las partes hablaron también sobre su enemistad compartida con Irán y el acuerdo nuclear. De hecho, además de los beneficios económicos, Washington siempre ha contado con Arabia Saudí como un aliado cercano en Oriente Medio y una herramienta para presionar a Irán. Sin duda, Riad necesita también a Estados Unidos para contrarrestar lo que ve como amenazas del expansionismo chií de Irán, así como para enfrentar a Qatar, país al que ha puesto un bloqueo por su presunto apoyo al “terrorismo”.

Sin embargo, la principal prioridad del príncipe heredero de su largo viaje de dos semanas a Estados Unidos, en el que visitará todo el país, será recuperar la reputación hundida de Arabia Saudí por la ya prolongada guerra que libró hace tres años contra su vecino del sur.

Arabia Saudí fue el pasado mayo el primer país que visitó Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Trump, que habla contrariamente a los principios del lenguaje diplomático utilizado por sus antecesores, reveló durante la campaña electoral de 2016 la verdad detrás de las relaciones entre Estados Unidos y los países árabes ribereños del Golfo Pérsico

En vísperas del tercer aniversario del inicio de la campaña militar contra Yemen, las presiones están creciendo sobre Arabia Saudí. La visita de Bin Salman coincidió con una votación en el Senado a un proyecto de resolución destinado a poner fin al apoyo de Estados Unidos a la guerra contra Yemen. El proyecto, aunque fue rechazado con 55 votos a favor y 44 en contra, fue una clara evidencia de las intensificadas críticas contra la monarquía.

El prominente senador y el ex candidato presidencial Bernie Sanders responsabilizó a Arabia Saudí por la muerte de miles de civiles, el desplazamiento de otros millones, la hambruna y el mayor brote de cólera en la historia, que está azotando Yemen. “Eso es lo que está sucediendo en Yemen como resultado de la guerra encabezada por Arabia Saudí”, deploró Sanders.

Justo por la misma razón, los estadounidenses no tendieron la alfombra roja a Bin Salman. Mientras se han convocado amplias protestas en Boston y Washington, un grupo de activistas se congregó el lunes frente al Capitolio y usó miles de flores para simbolizar a niños yemeníes muertos o heridos en los bombardeos saudíes. El príncipe había aterrizado a principios de marzo en el Reino Unido en medio de similares protestas. Los manifestantes exigían el fin de la venta de armas británicas a Riad. El principal partido opositor británico se sumó a las críticas. El líder del Partido Laborista, Jeremy Corbyn, reprochó al gobierno británico por ser cómplice de los Al Saud en un conflicto en el que se cometen crímenes de guerra.

Amén de la guerra en Yemen, otra cosa que irritó incluso a los aliados de la monarquía, fue la reciente y amplia purga que llevó a cabo el príncipe heredero, de 32 años. Bin Salman presentó su decisión, que incluyó la detención de 11 príncipes, cuatro ministros y docenas de exministros, como parte de una campaña para acabar con la corrupción en el país, aunque todo el mundo sospecha que se trata de una excusa para que Bin Salman se deshaga de sus rivales en el poder. Entre los detenidos figuraba el príncipe Alwaleed bin Talal, uno de los hombres más ricos del mundo.

Todo ello a pesar de que el Occidente ha alabado a Bin Salman, por sus reformas. Antes de reunirse con Trump y en una entrevista con la cadena estadounidense CBS, el heredero al trono se jactó de las recientes reformas que ha realizado en su país, incluidas las libertadas otorgadas a las mujeres. No obstante, las organizaciones internacionales de derechos humanos no confirman un cambio auténtico en la situación.

“Pese a limitadas reformas, las mujeres sufrían una discriminación sistémica en la ley y en la práctica y no recibían protección adecuada contra la violencia sexual y de otros tipos. Las autoridades hicieron amplio uso de la pena de muerte y llevaron a cabo decenas de ejecuciones. La coalición dirigida por Arabia Saudí siguió cometiendo violaciones graves del derecho internacional en Yemen”, denuncia un informe publicado a finales de febrero por la ONG Amnistía Internacional.

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