El muy famoso barco Aquarius tuvo un final feliz. Los 630 inmigrantes, incluidos 123 menores no acompañados, 11 de ellos niños pequeños, así como siete mujeres embarazadas, que estaban a bordo del Aquarius pisaron por fin tierra firme el 17 de junio. Los solicitantes de asilo llegaron al puerto español de Valencia después de 8 días de errar por el Mediterráneo, entre miedo y esperanza. Italia y Malta no permitieron al Aquarius atracar en sus puertos.

El muy famoso barco Aquarius tuvo un final feliz. Los 630 inmigrantes, incluidos 123 menores no acompañados, 11 de ellos niños pequeños, así como siete mujeres embarazadas, que estaban a bordo del Aquarius pisaron por fin tierra firme el 17 de junio. Los solicitantes de asilo llegaron al puerto español de Valencia después de 8 días de errar por el Mediterráneo, entre miedo y esperanza. Italia y Malta no permitieron al Aquarius atracar en sus puertos.

La dramática situación del Aquarius inundó la prensa internacional y abrió este interrogante: ¿El caso Aquarius podría ser un síntoma de un giro en la política migratoria en Europa?

El dilema de Europa

El caso Aquarius ha despertado alarmas sobre la acogida de inmigrantes. No hay consenso entre las autoridades europeas sobre cómo manejar la crisis migratoria, que ha dejado desde principios de 2018 857 inmigrantes muertos en el Mediterráneo, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). La misma fuente pone en 40.073 la cifra de personas que han arribado desde el 1 de enero a Italia, Grecia, Chipre y España huyendo de la violencia y la pobreza extrema.

Cuando Italia y Malta dijeron un NO rotundo a Aquarius, recibieron duras críticas por parte de la ONU, de numerosas ONG internacionales e incluso de algunos socios europeos como Francia. Sí, el Continente está dividido al elegir entre dos opciones: ¿cerrar las fronteras a los refugiados por razones de seguridad o abrirles los brazos como un gesto solidario y humanitario? La diferencia en las posturas de España e Italia es un ejemplo muy claro.

Sin embargo, no se trata simplemente de una falta del consenso. Hay algo mucho más preocupante: la creciente xenofobia en la escena política de Europa.

Un cambio radical en el panorama político

El mundo ha cambiado mucho desde el comienzo de la crisis migratoria en 2015. Los políticos ultraderechistas y xenófobos han llegado al poder en muchos países europeas. Ellos han ganado el apoyo de los ciudadanos describiendo un futuro muy oscuro para sus respectivos países desde los aspectos económico y de seguridad si reciben a inmigrantes procedentes de naciones pobres.

En Alemania, la Unión Socialcristiana de Baviera (CSU), partido hermanado a la Unión Cristianodemócrata (CDU) de la canciller, está presionando a Angela Merkel para que imponga un límite a la llegada de refugiados. En Austria hay una situación similar. El canciller Sebastian Kurz, líder del conservador Partido Popular (ÖVP), que desde diciembre de 2017, comparte el poder con el ultraderechista FPÖ, se ha visto obligado a priorizar la lucha contra la inmigración y reducir las ayudas sociales a los extranjeros.

El giro en las posturas de ambos países se puso de manifiesto claramente el 13 de junio, justo en los momentos que el mundo estaba preocupado por el Aquarius. En una rueda de prensa conjunta, Merkel y Kurz coincidieron en la necesidad de reforzar las fronteras exteriores de la Unión Europea.

En Italia, hay una guerra abierta contra los inmigrantes desde cuando se formó una nueva coalición de gobierno entre la ultraderechista Liga y la formación populista Movimiento 5 Estrellas (M5S) el 1 de junio. El ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, celebró como una “victoria” que el Aquarius no llegue a Italia.

De hecho, los países que en los recientes años hablaban de las fronteras abiertas a los refugiados y razones humanitarias, hoy están acercando sus posturas a los países del Grupo de Visegrado (Hungría, la República Checa, Polonia y Eslovaquia), que desde el primer momento han blindado sus fronteras ante el flujo de los solicitantes de asilo.

Estas circunstancias obligaron al presidente de la Comisión Europea (CE), Jean-Claude Juncker, a convocar una reunión urgente.

“El presidente Juncker ha convocado una reunión informal de trabajo sobre migración y cuestiones de asilo en Bruselas el domingo para trabajar con un grupo de jefes de Estado y de Gobierno de los Estados miembro interesados en encontrar soluciones europeas de cara al próximo Consejo europeo”, informó el bloque europeo en un comunicado.

Como se esperaba, el Grupo de Visegrado anunció que no asistirá a la reunión. Hay que ver con pesimismo los resultados de un encuentro que amén de divisiones internas enfrenta un boicot. Para los inmigrantes que cruzan el Mediterráneo con la esperanza de encontrar una vida mejor, un mar turbulento es el primer y quizás el menor desafío. Hay otro más grande; las turbulencias políticas en un continente que se imaginaba como el paraíso.

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