Aquella mañana del 31 de enero de 2015 centenares, miles de personas caminaban por las avenidas y calles cercanas en dirección a la Puerta del Sol en Madrid. No, no era fácil llegar a ese destino, esas avenidas y calles estaban abarrotadas de personas llegadas de los lugares más distantes de la geografía española.

Aquella mañana del 31 de enero de 2015 centenares, miles de personas caminaban por las avenidas y calles cercanas en dirección a la Puerta del Sol en Madrid. No, no era fácil llegar a ese destino, esas avenidas y calles estaban abarrotadas de personas llegadas de los lugares más distantes de la geografía española.

Eran gentes de todas las edades, de distinta condición, hombres y mujeres, también familias enteras. Gentes que sin conocerse se daban la bienvenida unos a otros en una complicidad que solo da la alegría y la emoción de sentirse parte de algo que entonces podían considerar un momento histórico, eran parte de lo que se denominó “Marcha del cambio”.

Unas 300.000 personas habían acudido a Madrid por sus medios, en transporte público, en coches compartido, en autobuses fletados por ellos mismos, sin ninguna gran infraestructura que organizase aquel flujo humano sólo atraído por el llamamiento de un partido entonces joven, casi recién constituido, que con su mensaje había conseguido ilusionar a la sociedad española, y, entonces, incluso hacer temblar a alguno de los pilares instituidos del poder en España.

Centenares de miles de personas habían acudido a Madrid convocados por Podemos, por su mensaje, entonces, destinado a las necesidades primarias de las gentes. Ajeno, entonces, a los corsés de las ideologías al uso, en un pleno desafío a la casta política institucionalizada en los partidos políticos de siempre. Con ideas, entonces, tan revolucionarias como la Renta Básica Universal que tanta dignidad daría a las personas como cadenas de clientelismo forzado y sumisión obligada rompería. Hablando de “patriotismo”, pero no de ese patriotismo trasnochado basado en absurdas remembranzas de imperios falsamente gloriosos, “Reconquistas” inventadas o cruzadas antibolcheviques, sino en un patriotismo cuyo origen y fin, entonces, no eran banderas sino la propia gente, un patriotismo que se sentiría en el buen funcionamiento de la gestión pública, de sus servicios, en la justicia y equidad para todos…

Podemos era, entonces, la gran esperanza de una población española hastiada de la política y los políticos que llevaban gobernando España desde que el régimen cambió tras la muerte del General Franco. Las encuestas incluso vaticinaban, entonces, los mejores resultados electorales, situando, entonces, a Podemos como primera fuerza en intención de voto, desbancando incluso, entonces, al PSOE como partido históricamente hegemónico en la llamada izquierda española.

La mañana del 9 de febrero de 2019 miles de personas caminaban por Madrid en dirección a la Plaza de Colón, la plaza de Cristóbal Colón, nada es casual. Tal vez no tantas como en aquel 31 de enero de 4 años antes, pero sí un número importante. No obstante la gran diferencia es que esta concentración había sido convocada por la extrema derecha española, no para reivindicar ningún cambio social en la vida de las personas, sino únicamente clamado por un patriotismo radicalmente opuesto al que se enunció años antes en la Puerta del Sol, un patriotismo rancio sólo argumentado en banderas, emanado de absurdas remembranzas imperiales falsamente gloriosas, “Reconquistas” inventadas y cruzadas antibolcheviques.

Ese “patriotismo” y esa extrema derecha española que llevaban escondidos en el armario desde la muerte del General Franco, y que como los homosexuales en tiempos del gobierno de Zapatero en los últimos meses han salido a tropel y sin complejos de esos armarios, conquistando metas impensables para ellos no hace tanto, como hacerse con el poder en Andalucía después de casi 40 años de gobiernos del PSOE en un régimen que más parecía propio del antiguo ostentado por el PRI en México, ven ya cerca la posibilidad de volver a gobernar en España dentro de pocos meses.

Pero, ¿qué es lo que ha llevado a la sociedad española a olvidar a Podemos y mirar un futuro liderado por la extrema derecha?.

En España durante la llamada Transición se engendró un problema en torno a las demandas del nacionalismo catalán, que lejos de solucionarse en su momento ha ido agrandándose gracias al chantaje continuo de estos, y a la concesión -por mor de las necesidades de la aritmética parlamentaria- de inacabables privilegios para ese territorio por parte de distintos gobiernos españoles, incluyendo los presididos por uno de esos arietes extremistas de hoy, José María Aznar, quien recordemos presumía de “hablar en catalán en la intimidad”. Esta voracidad sin fondo del nacionalismo catalán que siempre contó con la complicidad acomplejada de la izquierda española, ha ido apretando las tuercas de su presión sobre el gobierno y las instituciones españolas de manera exponencial en los últimos años, curiosamente comenzando ésta a la par que se iban descubriendo los distintos casos de corrupción de la gestión de los nacionalistas al frente de las instrucciones catalanas.

Bien, esto no es nuevo, ¿qué ha pasado ahora en la sociedad española para olvidar a Podemos y mirar un futuro liderado por la extrema derecha?.

Simple y llanamente, que Podemos se olvidó de sí mismo.

Pocos meses después de aquella concentración de la Puerta del Sol en Madrid, tuvieron lugar unas elecciones autonómicas en Cataluña. En Cataluña no todo el mundo es independentista ni nacionalista como algunos gusta presentar; hay mucha gente en aquella comunidad que esperaba a Podemos para poder salir de la espiral en la que tantos años llevaban viviendo, gente no nacionalista catalana ni nacionalista española y que igualmente estaba desencantada con el PSOE y las otras fuerzas tradicionales. Gentes que de pronto se sintieron defraudadas porque Podemos en aquel septiembre de 2015 no era ya el Podemos de enero de ese año.

Podemos, ya se había olvidado de aquello de “la patria de la gente” y cayó en el concepto de patriotismo de bandera que antes tanto había criticado, pero además, a los ojos de todos menos, tal vez, de sus dirigentes, apoyando con una pretendida ambigüedad inaceptable en momento como aquél precisamente a la bandera de los nacionalistas catalanes.

Decenas de miles de esos catalanes ansiosos de cambio y defraudados con la postura de Podemos depositaron su esperanza en Ciudadanos, un irrelevante partido derechista entonces solo de ámbito catalán, que supo hacerse con todo aquel electorado que había quedado desamparado por la dejación de Podemos.

De ahí hasta ahora todo ha ido rodado. Los poderes económicos españoles vieron en la potenciación de ese partido que acababa de despuntar en Cataluña la perfecta vacuna con la que contrarrestar a Podemos en el ámbito nacional, prestándole todo su apoyo mediático y financiero. Podemos continuó haciéndose el harakiri no sólo volcándose en lo que todos, menos tal vez sus dirigentes, consideraron como una especie de quintacolumnismo en apoyo al nacionalismo catalán, sino también abandonando cada uno de los principios con los que había conseguido llegar al corazón de tantos españoles, para terminar presentándose como el abanderado de la más caduca y ridícula ideología pseudo izquierdista, “luchando” por los “derechos” de sectores minoritarios o extremos y olvidando las necesidades del común de la gente, cuando no pretendiendo que esta gente hiciera propios los deseos de esos sectores minoritarios o extremos.

La gente en España está cansada del continuo chantaje del nacionalismo catalán y de las concesiones inagotables que siempre consiguen. Abandonado el concepto de “la patria de la gente” todo se vuelve nuevamente un choque entre patriotismos de bandera, y esta vez la extrema derecha ha sabido jugar sus cartas populistas primarias.

Si el Podemos de 2019 no hubiera dejado de ser el Podemos de enero de 2015, tal vez nunca hubiéramos visto una concentración como la del pasado sábado en la Plaza de Colón de Madrid.

Por: Mikail Alvarez Ruiz

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