Cualquiera que observe con una mínima atención los acontecimientos que se suceden en el mundo se dará cuenta de que generalmente nada ocurre por casualidad, por lo cual siempre es conveniente intentar leer entrelíneas en los renglones de estos acontecimientos.

Cualquiera que observe con una mínima atención los acontecimientos que se suceden en el mundo se dará cuenta de que generalmente nada ocurre por casualidad, por lo cual siempre es conveniente intentar leer entrelíneas en los renglones de estos acontecimientos.

En las últimas semanas estamos asistiendo a una serie de manifestaciones antigubernamentales en Argelia, que en un principio parecían dirigidas únicamente en contra de la nueva presentación del presidente Abdulaziz Bouteflika como candidato a las elecciones presidenciales que debían haber tenido lugar el próximo 18 de abril.

Se nos presentan siempre estas manifestaciones como una especie de movimiento espontaneo encabezado principalmente por jóvenes descontentos, en este caso por la crisis económica y social que sufre el país especialmente desde que a partir de 2014 su economía se ralentizó debido principalmente al hundimiento de los precios de los hidrocarburos -la principal fuente de ingresos de Argelia-, al cual se han unido una serie de profesionales y otros sectores ciudadanos. Mito este de la “espontaneidad” y “juventud” que por otra parte tanto se repite en situaciones parecidas en otros países.

Pero si bien desde un punto de vista estrictamente democrático es difícil concebir eso de que se prohíba a Bouteflika su derecho a presentar nuevamente su candidatura con argumentos aparentemente tan peregrinos como los de su edad o su salud -con lo fácil que sería simplemente no votarlo si realmente las masas argelinas están en contra de que repita como Presidente-, pronto quedó claro que realmente no era la oposición a una candidatura personal el objetivo último de esas manifestaciones, sino que más allá de la persona de Bouteflika la oposición de los manifestantes se dirige a toda una cúpula gubernamental a la que consideran corrupta, en manos de quienes Bouteflika no es más que un nombre, una imagen, tras la cual esta cúpula se ampara para regir de hecho y entre bambalinas los destinos del país.

Por tanto realmente las manifestaciones de Argelia se oponen a cualquier futuro en manos del aparato del partido gubernamental, el FLN, que ha gobernado Argelia desde su independencia salvo un mínimo periodo de tiempo que terminó desembocando en el golpe de estado militar en 1992 -contra el gobierno democráticamente elegido del Frente Islámico de Salvación y con las bendiciones occidentales- y una posterior guerra civil de facto que sembró el país de muerte, violencia y tragedia, con cuyo recuerdo las actuales autoridades han gozado hasta ahora entre la población argelina de un cierto grado de indulgencia en pro de la conservación de la paz, a pesar de sus tropelías.

Estas manifestaciones, más allá de la simple oposición a la candidatura de Bouteflika, buscan realmente reformas en el sistema del estado, reformas constitucionales y sobre todo una regeneración de la clase política dirigente.

Finalmente Abdulaziz Bouteflika renunció a presentarse a un quinto mandato presidencial. Además las elecciones presidenciales han sido aplazadas para previamente convocar una denominada Conferencia Nacional encargada de reformar el sistema político y redactar una nueva Constitución antes de finalizar el año 2019, comprometiéndose igualmente Bouteflika “a entregar los deberes y las prerrogativas del presidente de la República al sucesor que el pueblo argelino elija libremente”.

La dirigencia argelina suponía que con estas medidas se debían haber satisfecho las peticiones de los manifestantes. Sin embargo las manifestaciones han seguido sucediéndose tras el anuncio de la renuncia de Bouteflika a un nuevo mandato y el resto de anuncios realizados el pasado día 10, al no confiar la población en la palabra de esa élite gobernante que se ampara tras Bouteflika y considerar lo anunciado como una mera estratagema de dicha élite para ganar tiempo y preparar así su perpetuación en el poder.

Argelia es un país con verdaderos problemas, entre los cuales la corrupción en el aparato gubernamental es real, inmensa, estructural y endémica, pero este tipo de problemas son generales a otros países de su entorno en los que “nunca pasa nada” como por ejemplo Marruecos, ¿por qué entonces en Argelia sí?.

No es posible olvidar como en los últimos años en otros países se produjeron movimientos que recuerdan a lo que en estos días está pasando en Argelia -y ello despertar nuestras alertas-, y cómo esos movimientos, siempre en países en el punto de mira del imperialismo americano, fueron iniciados realmente por agentes al servicio de ese imperialismo o fueron usurpados a la población por esos agentes que sólo buscan servir a los intereses de sus amos, amén del mero enriquecimiento personal. Desde las “Revoluciones de colores” a las “Primaveras árabes”, o lo ocurrido en Nicaragua y con mucha más intensidad en Venezuela, hemos visto repetirse siempre los mismos esquemas cuando se intenta derribar a un gobierno, ¿estará ocurriendo o podrá ocurrir lo mismo en Argelia?.

Hay señales que podrían justificar el interés imperial sobre Argelia, entre las que podríamos destacar el hecho de que Argelia es un país con importantes reservas de hidrocarburos, especialmente gas natural, y que Argelia tradicionalmente ha sido un país con una relativa independencia en política internacional con la que en ocasiones se ha posicionado en contra de las disposiciones de ese imperialismo americano. A ello podríamos unir el creciente aumento de los intereses e inversiones chinas en el país, lo cual no suele gustar a las denominadas “potencias occidentales”.

Es cierto sin embargo que esas reservas, sobre las que por otra parte se centra en grueso de la corrupción gubernamental, están ya comprometidas a favor de diferentes países occidentales por lo que estos aparentemente no deberían tener ningún temor respecto a unos gobernantes que son los mismos que se las han facilitado, pero eso también ocurría con los hidrocarburos de la Libia de Ghadafi y esto no fue óbice para que esos mismos países decidieran derrocar al excéntrico coronel -y de paso destruir el país y el estado libio-, posiblemente también cuando los intereses de China comenzaron a hacerse palpables en Libia.

Cuando vemos que en varios medios estadounidenses se dedican páginas completas a las manifestaciones argelinas, en los que directamente, como en el caso del Washington Post, se dan instrucciones a los manifestantes para que no acepten ninguna tregua antes de haber “tumbado los pilares del régimen” y para que no abandonen la calle antes de que sus reclamaciones se vean completamente satisfechas, puede hacernos pensar que al igual que en otros casos anteriores los laboratorios de estrategias geopolíticas del imperio han puesto a Argelia en su objetivo, pretendiendo aprovecharse, apropiarse y manipular, en beneficio propio un movimiento cuyo origen puede haber sido realmente popular y sus reivindicaciones justas.

Si a ello unimos que otras fuentes estadounidenses aluden incesantemente a los intentos del grupo Al-Qaeda en el Magreb Islámico de resurgir en Argelia, podría suponerse en base a experiencias anteriores en otros lugares, que EE.UU. estaría pensando en reproducir el escenario de Siria en Argelia dando un nuevo aliento a los terroristas takfiríes para extender la crisis de Oriente Próximo a Argelia, en el caso de que este país no se someta de manera absoluta a las ambiciones estadounidenses en la región. Aunque por otra parte esa misma amenaza terrorista podría ser una estrategia para dar nuevo aliento y salvaguarda a unos gobernantes que han venido justificando sus abusos a cambio del mantenimiento de la ansiada paz.

Seguramente no tardaremos en conocer la realidad del futuro al que se dirige Argelia, mientras, sigamos intentando leer entrelineas.

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